Desde arriba, los alrededores de la ciudad de Puerto Maldonado parecen recubiertos por un gran manto verde. La selva se presenta en toda su extensión y majestuosidad y un gran río (la serpiente de oro, como la llamaba Ciro Alegría) la recorre siguendo extrañas formas sinuosas. Todo está cubierto de árboles y vegetación. Sin embargo, existen ya, por aquí y allá, grandes zonas deforestadas, como inmensos y feos parches en el rostro verde de la selva. La llegada del hombre y la civilización que le dicen.Abajo ya es otra historia. Fuera del avión un agresivo vaho de aire caliente se mete en los pulmones y el bochorno toma forma de sudor a chorros. El mínimo esfuerzo es inconcebible e incluso quedarse inmóvil es un mal negocio. La ciudad y sus 35 ºC a la sombra nos dan la bienvenida. Y es que en Puerto Maldonado uno no suda, se derrite.
No es la primera vez que arribo a esta tropical ciudad y siempre lo he hecho por motivos laborales. Hace algunos años pasé incluso un mes trabajando aquí y en ese tiempo pude conocer el Lago Sandoval (perteneciente a la Reserva Nacional del Tambopata y donde –a pesar de las admoniciones de los lugareños- me bañé rodeado de nutrias y bufeos colorados) y admiré la vetusta majestuosidad del Fitzcarrald, enorme lancha varada en medio de la nada y cubierta de espesa vegetación, conservando intactos los recuerdos de la filmación del alemán Werner Herzog y el malgenio de Klaus Kinski.
Esta vez –felizmente- sólo es un viaje relámpago de 03 días y -antes que el calor empiece a sofocarme e imagine imposible escapar de este gran horno verde- ya estoy de vuelta.

