domingo 25 de octubre de 2009

El Guerrero de Hielo

De todos los próceres que poblaron nuestra independencia, siempre preferí –intuitivamente- a don José de San Martín. Después de leer “La Logia de Cádiz” del argentino Jorge Fernández Díaz (Buenos Aires, Planeta, 2008) esa intuición queda plenamente comprobada.

Don José de San Martín fue ese raro prototipo de militar profesional y hombre de principios, para el cual el honor constituía el norte hacia el cual estaban guiadas todas sus acciones. Supo darse cuenta a tiempo del oscurantismo que representaba la España de Fernando VII e ingresó –de cuerpo y alma- a la logia masónica “La Sociedad de los Caballeros Racionales” de Cádiz para conspirar en beneficio de la libertad de los pueblos de américa. Abandonó una expectante carrera militar en España para viajar a la incertidumbre de la américa española y organizar –de la nada, desde el cero- el movimiento que llevaría a una de las mayores gestas militares e independistas de la historia. Como dice el autor del libro que comentamos, San Martín tuvo que traicionar para no traicionarse a sí mismo.

Con el grado de capitán combate fieramente en el bando español contra los franceses en la famosa batalla de Bailén, que supuso la primera derrota del glorioso ejército napoleónico. El general Francisco Javier Castaños dirigía los ejércitos españoles y Pierre Antonine Dupont los franceses (Napoleón, después de conocido el resultado de la batalla diría: “Desde que el mundo existe, no ha habido nada tan estúpido, tan inepto y tan cobarde como el general Dupont”). San Martín, por su valerosa acción en combate, recibe la Medalla de Oro de los Héroes de Bailén. A pesar de eso, y ya decidido a luchar por la independencia de los pueblos americanos, pide su baja en el ejército español, escoge una nueva espada y se embarca hacia lo desconocido y la incertidumbre. La libertad y el honor guiarían luego sus pasos.
(.)
San Martín sabía que sin la férrea disciplina de la milicia profesional, la idea de la gesta independentista estaba perdida. Por ello, con paciencia, tenacidad y mano de hierro creó el “Regimiento de Granaderos a Caballo” y los adiestró personalmente en técnicas de batalla y en el honor inclaudicable que profesaba (dejó escrito de su puño y letra los catorce pecados mortales de sus granaderos, entre los cuales se encontraba “por cobardía en acción de guerra, en la que aun agachar la cabeza será reputado tal”). Sus Granaderos le temían más a él y a su honor que a los propios realistas.

Sin embargo, la incipiente américa no estaba exenta de los odios, envidias y mezquindades que serían nuestro sino futuro. Por ello, San Martín es sospechoso de espionaje a favor de la corona española y es enviado a misiones suicidas, como aquella dirigida a frenar las incursiones de los realistas en las costas del río Paraná. Con su recién creado regimiento se instala en el Convento de San Carlos (provincia de Santa Fe) esperando el desembarco de los realistas. La mañana del 03 de febrero de 1813 y ante el desembarco de 300 soldados españoles, en primera línea de combate, el entonces coronel San Martín libra el combate de San Lorenzo, donde, a pesar de la victoria, casi pierde la vida.

Luego, la historia es conocida. Abandona a su familia para organizar la expedición que cruzaría Los Andes (su esposa María de los Remedios de Escalada muere de tuberculosis muy joven dejando a la hija de ambos, Mercedes, al cuidado de su abuela) y, cansado de las intrigas políticas y la mezquindad ególatra de Simón Bolivar, después de libertar a la nueva América (“No queda un solo español armado en la América” dirían después sus Granaderos) decide abandonar la gloria y la nueva fortuna de patriarca libertador, y se retira a París a vivir su últimos años en compañía de su hija Mercedes.

“La Logia de Cádiz” es un excelente libro que va a caballo entre la novela histórica y el relato histórico. Está plagada de honor militar, trepidantes aventuras y batallas militares protagonizadas por don José de San Martín, quizás el único héroe de nuestra independencia que realmente merezca tal nombre.

San Martin cruzando los Andes con su regimiento de Granaderos

San Martín en 1848, a los 70 años de edad, retirado de la gloria de patriarca


"Todo empezó cuando vi que mis hijos adolescentes y sus compañeros detestaban la historia argentina. Me impactó mucho que se interesaran por episodios históricos de Estados Unidos y Europa, a partir básicamente de películas de aventuras producidas por la cultura anglosajona, y que desdeñaran, por aburridísimos y confusos, a los héroes nacionales. La versión escolar era tan formal y la transmisión de la épica era tan desganada que la historia argentina se había transformado en eso: un amasijo de fechas, internas políticas y héroes de bronce. Me sentí tocado, me prometí mostrarles que la historia argentina podía ser una maravillosa novela de peripecias. Para los chicos, San Martín es un político, algo así como un estadista de plomo que hizo cosas tan loables como soporíferas. Mis hijos miraban con indiferencia las proezas sanmartinianas, pero veían con gusto la historia universal en grandes producciones cinematográficas y se interesaban por esos héroes anglosajones. Asociaban nuestra guerra de la independencia con los manuales de hastío y con las pesadas fiestas patrias en los patios del colegio. Esa idea fue muy hiriente para mí. Por alguna razón, alguien nos había robado la épica. La Argentina asordina la épica y ningunea a sus guerreros, y le regaló a la derecha militar el sentimiento y la simbología sanmartiniana. San Martín fue canibalizado por las dictaduras, usurpado en su iconografía y utilizado de paraguas para la perpetuación del poder. Esa carencia, se diría, esa injusticia fue el germen de La Logia de Cádiz . Incluir un volumen en la Colección Robin Hood o una película en Sábados de cine de superacción , donde los chicos de mi edad vivimos las aventuras maravillosas de tantos. El problema es que los héroes y las aventuras siempre quedaban allá lejos. Es como si tuviéramos un complejo de inferioridad, como si hubiésemos aceptado nuestra condición de sociedades subdesarrolladas, que no tienen héroes ni epopeyas."
(Jorge Fernandez Diaz)

domingo 4 de octubre de 2009

Sensaciones de Domingo


"How does it feel
How does it feel
To be on your own
With no direction home
Like a complete unknown
Like a rolling stone?"

domingo 27 de septiembre de 2009

G.K.Chesterton y los Herejes

"Nada indica más singularmente un mal enorme y callado de la sociedad moderna que el uso extraordinario que se hace estos días de la palabra «ortodoxo». En los días pasados el hereje se enorgullecía de no ser hereje: herejes eran los reyes del mundo, la policía, los jueces; él era ortodoxo. No se jactaba de haberse rebelado contra ellos; era ellos quienes se habían rebelado contra él. Los ejércitos con su cruel seguridad, los reyes con sus rostros insulsos, los ceremoniosos procedimientos del Estado, las razonables acciones de la ley, todo eso se había descarriado, como las ovejas. Mas el hombre se enorgullecía de ser ortodoxo, de estar en lo cierto. Si se encontraba solo en un desierto terrible, era, más que un hombre, un credo. Era el centro del universo: en su rededor giraban las estrellas. Todas las torturas de los infiernos no le harían confesar que era hereje. No obstante, algunas frases modernas lo muestran alabándose de serlo. Ahora él dice, con risa consciente: «Supongo que soy todo un hereje», y busca el aplauso de su entorno. La palabra «herejía» no sólo significa que no se está equivocado; prácticamente implica una mente despejada y valerosa. La palabra «ortodoxia» no solamente no significa ya estar en lo cierto; prácticamente quiere decir estar equivocado.

Todo esto puede significar una cosa, y sólo una cosa. Significa que las gentes se preocupan menos de estar filosóficamente en la verdad. Porque, evidentemente, un hombre antes debería confesarse de fatuo que de hereje. El bohemio con su corbata roja debería preciarse de su ortodoxia. El dinamitero que pone una bomba debería creer que, aparte de cualquiera otra cosa que sea, por lo menos es ortodoxo.

Es una locura, hablando en general, que un filósofo encienda en la hoguera a otro filósofo porque no están de acuerdo en sus teorías del Universo. Esto se hizo muy frecuentemente en la última decadencia de la Edad Media y fracasó en la totalidad de su objeto. Pero hay una cosa que es infinitamente más absurda que quemar a un hombre por su filosofía. Es el hábito de decir que su filosofía nada importa; y esto es lo que se hace universalmente en el siglo veinte, en la decadencia del gran período revolucionario.

Las teorías generales son menospreciadas en todas partes: la doctrina de los derechos del hombre es tan desacreditada como la doctrina de la caída del hombre; el ateísmo nos resulta hoy demasiado teológico; la revolución tiene demasiado de sistema; la libertad misma tiene algo de estrechez. No aceptamos generalizaciones."

(G.K.Chesterton, Herejes, Capítulo I)

sábado 26 de septiembre de 2009

Marx y el Materialismo Gruñón

................................Marx en sus últimos años..............................

Desde que estaba en el colegio, la figura de Marx como intelectual siempre me pareció enormemente atractiva e influyente. Cierto es que en esa época repetía de memoria algunos conceptos del materialismo histórico y dialéctico como un loro, sin apenas comprenderlos, siguiendo la moda de izquierdas que tanto marcó a nuestra generación. Sin embargo, la figura de Marx como intelectual siempre mantuvo su vigencia en mi santoral particular a pesar del manoseo que de él hicieron sus seguidores.

Comprometido con su quehacer filosófico e intelectual hasta las últimas consecuencias (pasaba días enteros sin comer, investigando y leyendo encerrado en la biblioteca de Londres y sin un cobre en el bolsillo), quiérase o no, para bien o para mal, se convirtió en la figura mundial más influyente del siglo XX.

La estupenda biografía intelectual que sobre él hace Isaiah Berlin [(2007): Karl Marx. Su vida y su entorno. Madrid, Alianza Editorial, tercera reimpresión. 240 páginas] me lo trae de vuelta, humano e intelectualmente honesto (parece mentira que Berlin, connotada figura liberal, haya publicado su primer libro, con 30 años, precísamente sobre el viejo Karl).

Leyéndolo, vuelvo a reafirmar mis viejos afectos a su gran figura intelectual y humana (aun cuando no esté de moda en estos días) y me entero de sus odios y afectos, de sus inconmovibles convicciones rayanas en la intolerancia, de su misantropía a prueba de todo, de su carácter huraño y terriblemente gruñón. Detestaba a las muchedumbres y a las masas a pesar de haber dedicado toda su vida al estudio de los intereses de éstas.

Un intelectual ruso contemporáneo suyo, Annenkov, dejó escritas estas líneas sobre él después de conocerlo:

"Marx pertenecía al tipo de hombres que son todo energía, fuerza de voluntad e inconmovible convicción. Con una espesa greña negra, con manos velludas y una levita abotonada como quiera, tenía la apariencia de un hombre acostumbrado a inspirar el respeto de los otros. Sus movimientos eran desmañados, pero revelaban seguridad en sí mismo. Sus maneras desafiaban las convenciones del trato social y eran altivas y casi despectivas. Tenía voz desagradablemente áspera y hablaba de los hombres y de las cosas en el tono de quien no está dispuesto a tolerar ninguna contradicción y que parecía expresar la firme convicción en su misión de influir en los espíritus de los hombres y dictar las leyes de su ser." (citado en Isaiah Berlin: Karl Marx. Su vida y su entorno)

“A Marx […]se le ha atacado con demasiada frecuencia sobre un terreno personal y moral, de modo que lo que aquí hace falta es, más bien, una severa crítica racional de sus teorías combinada con la comprensión afectiva de su sorprendente atracción moral e intelectual.” (Karl Popper, La sociedad abierta y sus enemigos)

viernes 11 de septiembre de 2009

La desgraciada suerte de llamarse Stieg Larsson

Imaginen que son suecos y periodistas. Adictos a la comida chatarra y medio sosos. Se aburren como plantas en una Suecia de los albores del siglo XXI donde nada interesante suele ocurrir. Entonces, cada noche, entre hamburguesas con queso y coca colas, planean, minuciosa y delicadamente, su dulce venganza contra la humanidad. Comienzan a escribir una inmensa historia de intriga y misterio. Una epopeya donde los héroes están fuera de la ley y los malhechores con ella. Garabatean miles de papeles como posesos, dejando fluir una historia monumental que irá más allá de lo que jamás sospecharon. Pasan los días y las noches y las hojas van acumulándose sobre el escritorio hasta convertirse en tres volúmenes. Se contactan con un amigo que es editor y éste les ofrece revisar los manuscritos y publicarlos "si tienen algo de suerte". Le entregan los originales de la historia y se sientan a esperar una respuesta, aun conmovidos por el espíritu desbocado que los llevó a crear de la nada un inmenso relato alucinante. Aun no lo saben, pero la historia -que ahora se llama Millennium-, está destinada al éxito inmediato y se venderán millones de libros por todo el mundo y se traducirá del sueco a las lenguas más inverosímiles del mundo. No lo saben y nunca llegarán a saberlo, pues poco antes de ver publicado el primer volumen (Los hombres que no amaban a las mujeres), su corazón, cansado de los combos agrandados, las papas fritas y los cigarrillos, decide rebelarse y deja de moverse. Un ataque cardiaco se los lleva por delante antes de ver la gloria mundial impresa con sus nombres. Stieg Larsson se lee en la portada de todos ellos.


"Como todas las grandes historias de justicieros que pueblan la literatura, esta trilogía nos conforta secretamente haciéndonos pensar que tal vez no todo esté perdido en este mundo imperfecto y mentiroso que nos tocó, porque, acaso, allá, entre la "muchedumbre municipal y espesa", haya todavía algunos quijotes modernos, que, inconspicuos o disfrazados de fantoches, otean su entorno con ojos inquisitivos y el alma en un puño, en pos de víctimas a las que vengar, daños que reparar o malvados que castigar"
(Mario Vargas Llosa, Lisbeth Salander debe vivir)

domingo 30 de agosto de 2009

El Gigante de Paruro y el Feudalismo Agrario

Casi todos conocemos la magistral foto de Martín Chambi denominada "El gigante de Paruro" (1929), donde el gran fotógrafo cusqueño retrata a un inmenso campesino de las alturas de Paruro en el Cusco.

Casi todos quienes conocemos la foto hemos admirado la imponencia del gigante indígena y hemos regresado imaginariamente a un pasado imperial donde los Incas y sus súbditos poblaban y gobernaban estos lares.

Quizás sea conveniente observar la foto desde otra perspectiva:

"Dejemos, en efecto, la gigantesca talla de lado y reparemos más bien en la vestimenta. Es visible por debajo del poncho, en la miserable indumentaria, en el calzón a modo de pantalón que le ciñe el muslo hasta las rodillas, un tipo de ropa remendada, andrajosa. Pero eso no es acaso lo esencial. Estos trajes de bayeta o de tejidos no salían de tiendas o grandes almacenes sino del telar familiar indígena. No es que estas prendas respondiesen al gusto indígena o a una suerte de apego a sus costumbres. La respuesta es otra. La feudalidad económica del Perú condenaba a una serie de campesinos a trabajar fuera de todo sistema de remuneración. Más claramente, al interior de sus haciendas, sus 'trabajadores' no recibían dinero. El aspecto miserable del gigante de Paruro nos revela la pobreza extrema, la de los sirvientes campesinos en las grandes haciendas en el servicio de pongaje. Una práctica que sólo se interrumpe en 1969. Y pensar que hay todavía quienes repiten que la reforma agraria fue un desastre y que en consecuencia, esa situación precapitalista de servilismo debería haberse perpetuado hasta nuestros días."
(Hugo Neira, Cuzco: tierra y muerte. Lima, 2008, Editorial herética. 105 páginas)

jueves 27 de agosto de 2009

De paseo con Hugo Neira por la Grecia Clásica

Mi amigo (y ahora compadre) Puñalón podrá decir lo que quiera, pero tener a Hugo Neira como profesor es un lujo para cualquier auditorio mínimamente informado.

La excusa se llama Teoría Política para una reforma del Estado (o algo así) y se dicta en el ámbito de la Maestría en Gobernabilidad Democrática, Económica y Social de la cual soy becario. El pasado sábado y domingo estuvimos inmersos en un recorrido por la Grecia Clásica, sus polis, su religión llena de dioses mundanos, Aristóteles y su teoría política y La Ilíada y La Odisea.

Informado y siempre rodeado de libros y citas para sustentar sus aseveraciones, sus clases son un delicioso recorrido por civilizaciones antiguas y mundos sepultados por la historia.

Correcto, sencillo y austero, no recurre a exabruptos para ganar la risa fácil del auditorio (manido lugar común al que recurren con frecuencia aquellos que son incapaces de mantener de otro modo la atención de su auditorio) y, antes bien, recomienda fervientemente una gran cantidad libros y revistas para ahondar en el estudio de los temas del curso (con aquella pasión desenfrenada que sólo tienen quienes aman los libros).

Si bien es cierto que sus posturas políticas pasadas lo condenan (de comunistoide acérrimo e ideólogo de la reforma agraria -el Cusco lo sabe muy bien- a filoaprista), en nada restan mérito al profesor que, apasionado con su trabajo de divulgación, contagia esa febril pasión a sus alumnos.

Hace tiempo, mucho tiempo, que no disfrutaba una clase como ahora. Tan distinto como cuando andaba en el colegio y la universidad, todo aún estaba por descubrir y los mediocres profesores me estropearon la ilusión.