jueves, 28 de junio de 2007

La Ciudad Junto al Cielo



Desde arriba, lo primero que uno ve cuando se acerca al Cusco son sus enormes cerros milenarios y su terco cielo azul. Nada que ver con la plomiza tristeza envuelta en humedad que acabamos de dejar atrás. El avión, diminuto bicho invasor del paisaje y como temiendo represalias, se acerca con cuidado y desciende poco a poco, no vaya a ser que los apus decidan saldar cuentas y tragárselo.


Hace unos pocos días estuve en Lima por trabajo y aunque quiero mucho a la ciudad donde estudié y me enamoré tantas veces, ya no la reconozco como mía. No son mías ya el caos de sus calles y avenidas, las horas inservibles durmiendo en los asientos de las combis, la vida que se pasa demasiado rápido, la desconfianza de sus gentes reflejadas en sus rostros. En fin, la capital perdida en su propio laberinto y mordiéndose la cola.


Creo que fue Julio Ramón Ribeyro (ese otro gran hereje de las letras peruanas) quien escribió que las ciudades, como las personas, tienen un olor particular, muchas veces una pestilencia.
Esta frase me asaltaba, una y otra vez, mientras andaba por las calles de Lima y recorría los lugares que alguna vez habían sido míos. Esta vez todo era ajeno y esa agridulce sensación me acompañó toda mi estadía.

Hace siete años decidí cambiar de hogar y de memorias y me instalé tres mil seiscientos metros más arriba, donde el aire es escaso y cuesta respirar, y es que vivir junto al cielo también tiene su costo.


2 comentarios:

Anónimo dijo...

Qué linda vista, oye hereje porqué no cuentas de los vinos que se bebieron y la cuchipanda de carnes que según me datean se empujaron el puñalón, el no future, y tú, en un burguesito restorán de San Isidro?????....jejeje.

Keiner II.

el puñalón dijo...

Julio Ramón, en crónicas de San Gabriel, en efecto decía que cada ciudad tenía su propio olor y el de Lima era el olor a ropa guardada. Pero Julio Ramón escribió eso hace una buena punta de años cuando Lima aún no estaba atestada de combis y contaminada de smog, en su paisaje no pintaban invasiones ni carpas de colores chillones donde despachan suculentos caldos de gallinas (lugares que alguna vez nos han guarecido para matar el hambre que producía el ron madrugador). Queremos a Lima, sí, nos hemos acostumbrado a su modernidad de ladrillos y cementos, a sus atrazos a flor de piel, a los secretos de su centro histórico con olor a pichi,a la bullanguería de sus gentes, a sus librerias que palidecen, al saudade de los amiguetes que partieron de esta inmunda ciudad para no regresar. Queremos esta Lima sí, pero nunca la Lima de chabuquita granda.

Hidalgamente,

un estrujón de manos,

Don Puñalón.