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domingo, 2 de mayo de 2010

La Ciudad



Mario Levrero, el inmenso autor uruguayo, publicó en 1970 su primera novela, una extraña historia desconcertante y opresiva: "La Ciudad". Luego, con la publicación de "París" (1980) y "El Lugar" (1984) se conformaría lo que luego él denominaría con su humor característico "Trilogía Involuntaria".En uno de mis viajes esporádicos a Lima, compré en El Virrey (una de las pocas librerías limeñas que aún merece ese nombre), en un cuidado pack, la Trilogía Involuntaria de Levrero. Era el último ejemplar que quedaba y cuando se lo conté al Puñalón pude ver cómo los ojos se le inflamaban de codicia y envidia.
Hace poco terminé de leer La Ciudad. Como dije es una historia extraña, heredera y tributaria, sin lugar a dudas, del mejor Kakfa, donde el protagonista, luego de tomar posesión de una casa deshabitada y salir a buscar querosene y alimentos, inicia un bizarro viaje que lo llevará a una ciudad sin nombre y perdida, escasamente poblada por personajes inconcebibles. La atmósfera que se respira a lo largo del relato es opresiva y asfixiante; el protagonista no es un prisionero pero, sin embargo, alguna extraña sucesión de casualidades hacen imposible que pueda escapar de esa desconcertante ciudad.
Levrero era un escritor que no tenía un único estilo sino una multiplicidad de ellos. La Ciudad es un buen ejemplo de eso.



Del inicio:
"La casa, al parecer, no había sido habitada ni abiertas sus puertas y ventanas durante muchos años."

sábado, 4 de octubre de 2008

Dejando todo en sus manos...

Imaginen esta historia: Un escritor mediocre y sin éxito, con penurias económicas, recibe un extraño encargo de un amigo editor, aceptarán publicar su rechazada novela y le darán un adelanto económico si acepta el encargo de rastrear y ubicar a un tal "Juan Pérez", quien desde un pueblo perdido del interior del Uruguay ("Penurias", localidad ubicada entre "Miserias" y "Desgracias") hizo llegar por correo el manuscrito de una novela por la cual unos editores suecos han perdido la cabeza y quieren publicarla a toda costa, pero el caso es que el sobre postal enviado no alcanza mayores datos sobre su remitente. A partir de aquí, nuestro fracasado escritor realiza un viaje en plan Phillip Marlowe tercermundista, tratando de rastrear y ubicar al misterioso escritor de quien se cree que el nombre consignado es sólo un seudónimo. En el camino de su indagación se suceden toda una serie de eventos desafortunados y kafkianos: se enamora perdidamente de la puta del pueblo, se encuentra con un odiado compañero de escuela y conoce a toda la fauna bizarra del pueblo, sin que nadie pueda darle mayores luces sobre el misterioso escritor y su destino.

"Dejen Todo en mis Manos" es una magistral novela -escrita en plan de novela negra, pero es más que eso- del uruguayo Mario Levrero (1940-2004), autor casi desconocido para nuestro canon literario, pero no por ello menos fundamental en la historia de la literatura escrita en esta parte del continente. Autor de culto, recién a partir de su muerte se le comienza a descubrir y dar la importancia que realmente merece.

De Mario Levrero únicamente había leído reseñas entusiastas de Gustavo Faverón, Ivan Thays, No Future y el Puñalón, pero no fue hasta el almuerzo con éste último en el Ovalo Gutierrez (carajo! hace sólo años con el Puñalón nos íbamos de bar en bar hasta que la mañana o el bolsillo nos alcance, ahora almorzamos como dos viejas pitucas) cuando fuimos a la Librería El Virrey y me compelió a comprar el libro. Jamás 48 soles estuvieron mejor gastados (más los intereses de la maldita tarjeta de crédito).


El Inicio:

"-La novela es buena- dijo el Gordo, e hizo una pausa significativa-. Pero...

Podía habérmelo imaginado, porque sé desde hace unos cuantos años que mis novelas pertenecen a esa clase; buenas, pero... Los críticos se esfuerzan por clasificar mi literatura como perteneciente a tal o cual categoría, pero los editores son más realistas, y unánimes; hay una sola categoría posible para mi literatura: buena, pero..."

"Hay algo terriblemente culpable en el hecho mismo de ser uruguayo, y por lo tanto nos resulta imposible decir no clara, franca y definitivamente. Es preciso agregar un enorme palabrerío para justificar ese no, siempre y cuando lleguemos a pronunciarlo; más a menudo nos enredamos en transacciones complicadas, viciadas de irrealidad, que suelen conducir a desastres monumentales"

"El mensaje más claro quizás era: no nos hacen falta mártires; los mártires, a la larga, nunca sirvieron mucho"

"Dejé languidecer la conversación porque, como predicara William Blake, no es bueno cultivar deseos que no habrán de ser satisfechos. Lo sentí mucho; evidentemente yo le había caído bien, y ella realmente era un buen pedazo de mujer. Se llamaba Roxana o algo así. Adiós Muñeca"