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sábado, 18 de agosto de 2007

UN HOMBRE PASA CON UN PAN AL HOMBRO...


Un hombre pasa con un pan al hombro
¿Voy a escribir, después, sobre mi doble?

Otro se sienta, ráscase, extrae un piojo de su axila, mátalo
¿Con qué valor hablar del psicoanálisis?

Otro ha entrado en mi pecho con un palo en la mano
¿Hablar luego de Sócrates al médico?

Un cojo pasa dando el brazo a un niño
¿Voy, después, a leer a André Bretón?

Otro tiembla de frío, tose, escupe sangre
¿Cabrá aludir jamás al Yo profundo?

Otro busca en el fango huesos, cáscaras
¿Cómo escribir, después del infinito?

Un albañil cae de un techo, muere y ya no almuerza
¿Innovar, luego, el tropo, la metáfora?

Un comerciante roba un gramo en el peso a un cliente
¿Hablar, después, de cuarta dimensión?

Un banquero falsea su balance
¿Con qué cara llorar en el teatro?

Un paria duerme con el pie a la espalda
¿Hablar, después, a nadie de Picasso?

Alguien va en un entierro sollozando
¿Cómo luego ingresar a la Academia?

Alguien limpia un fusil en su cocina
¿Con qué valor hablar del más allá?

Alguien pasa contando con sus dedos
¿Cómo hablar del no-yó sin dar un grito?

(César Vallejo, 05 de noviembre de 1937)


La Muerte y La Tierra


Viví en Pisco una gran parte de mi infancia. La que recuerdo con más cariño y gratitud.
Recorrí mil veces sus plazas y calles, escuché cientos de misas en su iglesia principal (solo, a las 6:30 de la mañana, cuando creía que Dios era una presencia omnipotente), jugué fútbol por primera -y última vez- en un equipo del colegio, descubrí el Atari cuando mi viejo me lo compró a plazos en Carsa y me enamoré desaforadamente de tres compañeras de escuela y una vecina (las que ninguna o poca bola me daban).
Sin embargo, por sobretodas estas cosas, en Pisco me enamoré del mar. Aún recuerdo con nostalgia aquellos veranos que empezaban muy temprano, mi viejita llevando chocolate y pan con mantequilla para el desayuno, las playas solitarias (Lagunillas, La Catedral), nadando en Paracas, las cámaras de llantas de tractores como salvavidas, los amigables lobos de mar. Aquella mañana de excursión hasta El Candelabro, bajo un sol inclemente y salino, donde -asustados- descubrimos un ataud colonial. La caleta de San Andrés con sus cebiches restauradores y sus apanados de tortuga. Las playas traicioneras infestadas de mantarayas (Pastelillos le llamaban) que casi me sacan el pie y las lágrimas que guardaba para ocasiones mejores. La vida que transcurría fácil para un niño, sin complicaciones.
Recuerdo todo eso ahora, cuando sé que casi toda la ciudad ha sido destruida por el terremoto del miércoles 15 de agosto. Veo las imagénes de aquel pacífico pueblo donde conocí lo más parecido a la felicidad y no puedo creerlo. Aquellas gentes con la desesperanza reflejada en el rostro (cuántas que conocí estarán sufriendo, maldiciendo a un Dios que no ayudó, que no es peruano), vomitadas a un presente apocalíptico en solo dos minutos. El olor a muerte y escoria inundando el ambiente.
Pasará mucho tiempo antes que estas heridas abiertas se cierren. Mis recuerdos -ahora- tampoco son ya tan felices.